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Autor de la obra

Andres Neuman

Este autor, ANDRES NEUMAN , es reconocido dentro de esta rama sobre todo porque tiene más de un libro por los que es reconocido a nivel nacional, pero asimismo fuera de nuestras fronteras.

Es un gran conocedor de la temática, por eso entre los géneros literarios que normalmente acostumbra escribir está/n 2018 FICCION COMTEMPORANEA LITERARIA .

¿A qué categoría/s pertenece esta obra?

Esta obra puede clasificarse en cantidad de categorías, pero una de las más esencial es:
2018 FICCION COMTEMPORANEA LITERARIA

Poco a poco más gente están decidiéndose por leer estos géneros, en los últimos años, el número de personas que adquiere libros que tienen mucha relación con estas categorías ha crecido considerablemente, hasta llegar a convertirse en uno de los géneros con más número de ventas en el mundo, y por eso mismo imaginamos que tienes interés en descargar de forma gratuita el libro.

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Nota de los lectores

Este libro posee una puntuación puesta por personas entendidas, la nota de este libro es: 7,5/10.

Todo el mundo que han puesto nota esta obra son profesionales de este género y han leído FRACTURA online antes de dar su opinión, de esta manera, estamos 100 % seguros de que esta valoración es la idónea y por esta razón se la ofrecemos.

Resumen de FRACTURA

Ahora te ofrecemos un interesante fragmento para que puedas conocer más sobre el libro antes de adquirir FRACTURA

El regreso de Andres Neuman a la gran novela tras El viajero del siglo, Premio Alfaguara y Premio de la Critica.

Más información sobre el libro

Puedes encontrar más para descargar libro fractura

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En este momento, vamos a ofrecerte datos interesantes sobre el libro que es posible que quieras ver antes de empezar a leer este libro, como por servirnos de un ejemplo puede ser, el número de páginas, el año de edición, dónde descargar FRACTURA, dónde leer en línea FRACTURA, y considerablemente más datos.

Resumen del libro

La tarde parece serena, pero el tiempo esta en guardia. El senor Watanabe rebusca en sus bolsillos como si los objetos ausentes fueran sensibles a la insistencia. Por un descuido que empieza a resultar frecuente en el, ha olvidado en su casa la tarjeta del metro junto a sus anteojos: visualiza ambas cosas encima de la mesa, burlonamente nitidas. Watanabe se dirige con fastidio hacia una de las maquinas. Mientras realiza su operacion, observa a un grupo de jovenes turistas perplejos ante la marana de estaciones. Los turistas hacen cuentas. Las cifras emergen de sus bocas, ascienden y se disipan. Carraspeando, vuelve a atender a su pantalla. Los jovenes lo miran con vaga hostilidad. El senor Watanabe los escucha deliberar en su idioma, un idioma melodico y enfatico que conoce muy bien. Sopesa la posibilidad de ofrecerles ayuda, tal como ha hecho con tantos visitantes abrumados por el metro de Tokio. Pero ya son casi las tres menos cuarto, le duele la cintura, tiene ganas de volver a casa. Y, para ser franco, tampoco simpatiza con esos jovenes. Se pregunta si habra perdido por completo el habito de los gritos y la gesticulacion, que tan liberadores llegaron a parecerle en otra epoca de su vida. Prestando oido a la sintaxis extranjera, abona su trayecto antes de retirarse.

Nota el aroma del viernes: un coctel de cansancio y expectativa. Al tiempo que desciende en la escalera mecanica, contempla esos andenes que se iran colmando. Se alegra de no haber tomado un taxi. A esta hora todavia queda espacio en los vagones. Sabe que pronto los ultimos pasajeros empujaran la espalda de los anteriores, y que los serviciales empleados llegaran para empujarlos a ellos. Y asi hasta que las puertas interrumpan el flujo, como quien poda el mar. Empujarnos unos a otros, piensa Watanabe, es una forma particularmente sincera de comunicarnos. Justo en ese instante, los peldanos de la escalera mecanica empiezan a vibrar. La vibracion se eleva a temblor, y el temblor va derivando en evidentes sacudidas. Al senor Watanabe lo asalta la impresion de que nada de cuanto lo rodea esta pasandole a el. Su vista pierde foco. Entonces siente que el suelo deja de ser suelo. Los jovenes turistas examinan el plano del metro, su tuberia multicolor. Los desconcierta la superposicion de trenes, el crucigrama de lineas publicas y privadas. Intentan calcular cuantos yenes por cabeza necesitaran para un abono.

En la maquina contigua, un viejito carraspea. El turista mas joven sugiere que podria ayudarlos, en vez de mirar tanto a las chicas. Otro anade que, si sigue mirando, al menos podria pagarles el viaje. Una companera le replica que hoy lo nota mas imbecil que de costumbre. Lo cual, especifica alzando un dedo, es mucho decir. Los turistas introducen una cascada de monedas, mientras el viejito japones desaparece. Una de las chicas manifiesta su predileccion por las monedas con un orificio en el centro. El mas joven del grupo lo compara con la perforacion que el mismo se ha practicado en cierta zona de su anatomia. La mano de su amiga impacta contra su nuca: los cabellos se abren en asterisco. Los gritos y carcajadas provocan sobresaltos a su alrededor. Ahora los turistas se percatan del susurro colectivo, de la extrana precision que impera en la muchedumbre. Procuran moderarse sin demasiado exito. Corretean hacia las escaleras. Los asombra que nadie choque con nadie, la unanimidad con que los pasajeros respetan cada norma. En su pais, piensa el menos joven del grupo, algo asi se lograria solo bajo amenaza.

?Que amenaza a los japoneses? Al advertir las primeras vibraciones, las atribuyen a la flexibilidad de la arquitectura. Nada que ver, sin duda, con las estaciones de su tierra. Los temblores se hacen mas evidentes. Entre el panico y el pasmo, los turistas ignoran si el silencio de los demas es por sangre fria o porque estan midiendo la duracion. Una de las chicas recuerda entonces lo ocurrido hace un ano en su ciudad, cuando llego a contar hasta cien. Y al atender al pulso de los cimientos va sufriendo un progresivo deja vu, como si cada sacudida tuviese lugar un poco mas adentro de su cabeza, bombeandole memoria. Alternandose a distintas alturas, los zapatos improvisan pentagramas. Los pies son el metronomo del viernes. Mientras las escaleras los trasladan, los pasajeros contemplan esos andenes que se iran colmando. Algunos reparan tenuemente en el senor Watanabe. Uno de ellos se fija en su vestimenta, inusual para su edad o en cierto modo fuera de contexto. La inercia del descenso se impone, el zumbido es un mantra. De golpe ese zumbido cambia de frecuencia. Las miradas se despegan de sus puntos de fuga, las escaleras reaccionan igual que una pesada serpentina. Mas abajo, la temporalidad se bifurca: los trenes no arrancan y los pasajeros corren.

Incluso los empleados parecen ansiosos. Saben que hasta veinte segundos es temblor, y que a partir de veinte es algo serio. Tratando de calmarse a si mismo, el revisor mas veterano pide calma. Una profesora de lengua tiene la sensacion de estar asistiendo a una aterradora redundancia. Un terremoto es como un tren pasando junto a tus pies, y su tren acababa de llegar. Detras de ella a un hombre, el mismo que poco antes se detuvo en la indumentaria de Watanabe, lo embarga una incredula fragilidad. No encuentra donde asirse. Y reniega de sus convicciones. Justo por encima de su cabeza, al otro lado de la boveda del metro, un joven ciclista se inclina y cae sobre el asfalto sin dejar de pedalear. Los nervios de las canerias recorren el techo. Las goteras ensayan su futura aparicion, formando capas de tiempo sobre la arquitectura. En la balanza de las escaleras el peso se reparte: unos pasajeros suben, otros bajan. Las fuerzas estan en orden. Las energias cooperan. Cuando los peldanos comienzan a vibrar, y la vibracion se eleva a temblor, y el temblor va derivando en evidentes sacudidas, cada contorno se descompone en un manojo de lineas.

Todo cuerpo esta en hiato. Por los andenes ronda la siembra de la duda. Lo subterraneo se expresa en lo subterraneo. Como dados cambiando de cifra, las paredes calibran la tirada. Punto negro entre innumerables puntos, el senor Watanabe levanta uno de sus zapatos. Las cosas en el suelo juegan a su manera. Ganan una baldosa, esperan turno, se enrocan. Las corrientes generan remolinos, desordenes microscopicos. Un papelito arrastra su malograda papiroflexia. Fue redondo ese helado que se derrite en el anden. Un encendedor ofrece fuego a las pelusas que pasan. Junto a las maquinas, unos auriculares anoran sus oidos. Acaban de caer de los bolsillos del senor Watanabe, mientras se dirigia con fastidio a comprar su billete. Cuando el suelo deja de ser suelo, los auriculares empiezan a culebrear entre los pasos: una estampida en estereo. El encendedor rebota, invoca su llama.

La bola de helado alarga su huella. El papelito afloja su presion, desenvolviendo un texto que nadie lee. La luz plana del metro se vuelca sobre las cosas, cada tubo desprende su porcion de anestesia. Todo el recinto flota en un liquido electrico. Las sombras fluyen entre pitidos que las guian como boyas. De pronto la vista de Watanabe pierde foco. La realidad se convierte en una intermitencia, un parpado que vibra, un ojo astillado en multiples ojos. Y luego queda el ruido. Solo el ruido. Una musica rota que quiza los auriculares perciban. Cada cuchara impactando a la vez en su taza. Un cascanueces del tamano del pais. La protesta bajo tierra. Y, muy al fondo, un sonido ancestral de cuerdas zarandeandose, igual que un barco en plena tempestad. Un terremoto fractura el presente, quiebra la perspectiva, remueve las placas de la memoria.

En cuanto Watanabe asoma la cabeza, se le viene encima una catarata de pies. Toma aire antes de salir. Aun tiene la sensacion de que el mundo oscila ligeramente, de que cada cosa emite el recuerdo de su inestabilidad. Afuera, por fortuna, todo parece mas o menos en su sitio. No lo daba en absoluto por sentado. La intensidad de las sacudidas le hizo temerse lo peor. Hace frio para ser marzo: los hombros contraidos ejercen de termometro. En algunas esquinas el trafico esta cortado, en otras se desborda. Las sirenas revolotean en todas direcciones. Las colas se retuercen frente a los escasos transportes que continuan activos. Cualquiera diria que, en cuestion de minutos, la poblacion se ha multiplicado. La ciudad entera ha retrocedido a un estado anterior, cuando aun no existia el nuevo plan vial. Las arterias se estrechan. La circulacion se colapsa. Despues de muchos anos --mas de los que se atreve a contabilizar-- el senor Watanabe vuelve a sentir que, en lugar de protegerlo, la multitud lo aplasta.

Procura serenarse. Evalua la situacion. Y, pese a la fatiga, decide regresar por su cuenta. Tampoco esta tan lejos de su barrio. A un ritmo razonable, calcula que llegara a Shinjuku antes de que caiga el sol. La gente ocupa el espacio de una manera nueva. Es decir, muy antigua: con la visceralidad de quien dispone solo de su cuerpo. Los peatones transitan por el centro de las avenidas, pequena desviacion que a Watanabe se le antoja radical. Hay algo de naufragio y resurgimiento en estos cruces, en las colaboraciones al pasar, en estas relaciones ambulantes. Una repentina solidaridad discute las distancias. En condiciones normales, reflexiona, la superpoblacion se compensa con el aislamiento. Pero esta tarde varios desconocidos se interesan por su estado, el consulta a unos, estos a otros. El miedo es una especie de amor torcido. La senal telefonica no se ha recuperado, o al menos su aparato no consigue hacer llamadas. Los proveedores de wifi acaban de liberar las redes a causa de la emergencia.

Ve que muchos se mueven vigilando sus telefonos: puede leer las noticias en sus caras. Envidiando esa destreza para desplazarse al mismo tiempo por el reino virtual y la via publica, el senor Watanabe intenta escuchar la radio. Se palpa los bolsillos. Y descubre que ha perdido los auriculares. Como si el movimiento de placas hubiera trastocado los relojes, Tokio esta oscureciendo a deshora. El contraste con su imagen diaria es tan chocante, piensa, que cada lugar mereceria tener un nombre con luz y otro en penumbra. Muchas tiendas han cerrado. La gente compra viveres y baterias. Cuanto mayor es el tamano de las ciudades, mas grande parece su panico a la oscuridad. El senor Watanabe recuerda cuando, en su juventud, se abolio la restriccion en la altura de las edificaciones. La propiedad del aire se volvio mas urgente que la del suelo. Aquello provoco protestas reclamando el derecho al sol. Asi se dicto la Ordenanza de la Luz Solar, que el encuentra involuntariamente poetica, y gracias a la cual se empezo a construir en angulo. La obsesion de la capital, su sistema nervioso, consiste en prevenir. Contener.

Aislar. Fosos. Cortafuegos. Estructuras antisismicas. Todo un urbanismo basado en la desgracia futura. El resultado es una mole de confianza sobre una superficie de temores. Bajo el influjo de esta idea, Watanabe se detiene en un supermercado. Entra con un objetivo muy especifico. Cuando localiza el estante del papel higienico, descubre que ya no quedan existencias. Reconoce la edad de quienes recolectan los ultimos rollos: aproximadamente la suya. De camino a la salida, advierte que se ha agotado un segundo producto. Los panales. La vejez y la infancia tambien estan unidas por el bano. En el exterior de los edificios se ha evaporado la publicidad. Hoy, por primera vez desde su regreso, las calles estan desnudas.

Ya no parece Tokio. Al elevar la vista, solo brilla el cielo. Observando los cuellos izados por la extraneza, el senor Watanabe toma conciencia de lo poco que suele mirar hacia arriba. El centro, razona, esta disenado contra la intemperie. Sin embargo, acaba de resurgir por accidente el instinto de orientarse mediante el firmamento: se ha abierto un hueco por donde espiarlo. El resplandor se debilita gota a gota. Un oceano escapandose por una rejilla. De golpe los murmullos cambian de tono. El rumor atraviesa la multitud igual que la corriente recorre un cable. El intenta acelerar. Las malas noticias son algo que prefiere asimilar a solas. A sus espaldas, cada vez mas fuerte, cada vez mas cerca, se escucha la palabra tsunami. .

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