Saltar al contenido

LIBRO BAJO LAS LLAMAS PDF GRATIS

Estás a punto de leer este libro.

Velocidad de acceso para este archivo: 12658 KB/Sec

Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit. Consequatur in incidunt est fugiat, cum minima odit veritatis nihil atque temporibus sint sed aliquid, ex ea? Quo sint fugiat dolores tenetur repellat quam officiis unde commodi necessitatibus sequi facere, laudantium odio consequuntur adipisci placeat asperiores nam quis nesciunt? Excepturi, nisi accusantium?

Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit. Perferendis ducimus exercitationem odio vitae sint rem! Praesentium nihil consectetur rem sapiente, omnis temporibus provident quos velit molestias aspernatur quod voluptate dolor molestiae quas nulla? Corrupti, repellat eos ipsam voluptatum nobis, itaque labore autem ipsa reprehenderit sequi consectetur facere dicta, ad impedit earum. Beatae nostrum iste optio vitae autem nam culpa nulla perferendis ipsum laboriosam est dolorem quos esse, eveniet perspiciatis, hic unde rerum necessitatibus! Totam natus optio, quaerat maxime similique laborum ipsam iste unde blanditiis est debitis molestiae nostrum in iure perferendis quia minima dolore. Voluptatum eligendi rerum nesciunt ab praesentium.

Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit. Consequatur in incidunt est fugiat, cum minima odit veritatis nihil atque temporibus sint sed aliquid, ex ea? Quo sint fugiat dolores tenetur repellat quam officiis unde commodi necessitatibus sequi facere, laudantium odio consequuntur adipisci placeat asperiores nam quis nesciunt? Excepturi, nisi accusantium?

Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit. Dolores voluptate a sed adipisci consequuntur ad enim in eius illum sit, quas perspiciatis quod ducimus quisquam, suscipit obcaecati animi, consequatur ipsum!

Descargar BAJO LAS LLAMAS gratis pdf - leer online

Autor de la obra

Herve Le Corre

Este autor, HERVE LE CORRE , es reconocido dentro de esta rama sobre todo porque tiene más de un libro por los que es reconocido a nivel nacional, pero asimismo fuera de nuestras fronteras.

Es un gran conocedor de la temática, por eso entre los géneros literarios que normalmente acostumbra escribir está/n 2020 POLICIACA NEGRA THRILLER Y SUSPENSE .

¿A qué categoría/s pertenece esta obra?

Esta obra puede clasificarse en cantidad de categorías, pero una de las más esencial es:
2020 POLICIACA NEGRA THRILLER Y SUSPENSE

Poco a poco más gente están decidiéndose por leer estos géneros, en los últimos años, el número de personas que adquiere libros que tienen mucha relación con estas categorías ha crecido considerablemente, hasta llegar a convertirse en uno de los géneros con más número de ventas en el mundo, y por eso mismo imaginamos que tienes interés en descargar de forma gratuita el libro.

BAJO LAS LLAMAS ha alcanzado llamar la atención en muchos de estos géneros y se han transformado en un libro referente en alguna de ellas, debido en gran parte a la enorme experiencia de este escritor, como ya conoceréis, es un redactor muy popular en estos géneros.

¿Qué precio tiene BAJO LAS LLAMAS?

Esta obra la puedes adquirir sin gastar apenas dinero puesto que ahora mismo vale este libro tiene un precio en el mercado.

Como has podido ver, el costo es irrisorio para el genial contenido que posee este ejemplar.

Este libro tiene de las que mejores proporciones calidad/precio tiene en las categorías: 2020 POLICIACA NEGRA THRILLER Y SUSPENSE

Nota de los lectores

Este libro posee una puntuación puesta por personas entendidas, la nota de este libro es: 7,5/10.

Todo el mundo que han puesto nota esta obra son profesionales de este género y han leído BAJO LAS LLAMAS online antes de dar su opinión, de esta manera, estamos 100 % seguros de que esta valoración es la idónea y por esta razón se la ofrecemos.

Resumen de BAJO LAS LLAMAS

Ahora te ofrecemos un interesante fragmento para que puedas conocer más sobre el libro antes de adquirir BAJO LAS LLAMAS

EL GRAN MAESTRO DEL CRIMEN FRANCES
RETRATA LOS ULTIMOS DIAS DE LA COMUNA
EN UNA NOVELA DE LA ESTIRPE DE LOS MISERABLES

Más información sobre el libro

Puedes encontrar más para descargar libro bajo las llamas

Para leer y descargar el libro "Bajo las llamas" puedes hacerlo gratis aquí.

DESCARGAR PDF GRATIS

En este momento, vamos a ofrecerte datos interesantes sobre el libro que es posible que quieras ver antes de empezar a leer este libro, como por servirnos de un ejemplo puede ser, el número de páginas, el año de edición, dónde descargar BAJO LAS LLAMAS, dónde leer en línea BAJO LAS LLAMAS, y considerablemente más datos.

Resumen del libro

La noche, y una luna demasiado clara que los bana de azul. Caminan sin hacer ruido, con los zapatos envueltos en trapos. Son tres en ese ramal de la trinchera hundido en varios puntos, las piernas devoradas por las tinieblas que se agolpan al fondo: se tuercen los tobillos, dan tumbos y a veces tropiezan, tragandose las maldiciones, agarrandose al companero del que solo ven, casi encima, una masa oscura. Acaban de pasar a cien metros de un campamento. El fuego moribundo, un monton de brasas. El centinela apoyado en el fusil, dormitando. Contienen la respiracion y se tapan la cara con el cuello levantado de la guerrera. De cuando en cuando estalla una descarga de artilleria en Mont Valerien, truenos lejanos, redoble funebre. Un obus silba en medio de la negrura. Versalles bombardea Paris a ciegas en un intento de matar a los que no duermen. Detras de ellos, las explosiones, como una tos que se sofoca. Bajo los disparos, la ciudad espera y tiembla de miedo y rabia. Y cuando vuelven la cabeza, los tres hombres ven elevarse el resplandor rojizo de un incendio por encima de la masa oscura de las fortificaciones. Un caballo relincha a lo lejos, abajo, cerca de la Avenue de Saint-Cloud. Mas aca empieza a ladrar un perro al que una voz masculina hace callar, y seguramente tambien una patada, porque el animal gime de dolor.

Son tres soldados de la Comuna. Del 105.o batallon federado. El que va delante se llama Nicolas Bellec. Sargento. Lo ascendieron el sabado pasado en la fortaleza de Vanves, ante la necesidad de reemplazar al sargento titular despues de que un fragmento de obus le arrancara media cabeza. Los ocho companeros supervivientes de la veintena que aun habia por la manana se arrojaron al suelo y tomaron esa decision alli mismo, asustados, totalmente cubiertos de sesos y sangre, vociferando a traves del estruendo: <>. El apenas los veia, apinados al pie de una muralla de la que llovian trozos de piedra y pedazos de acero grandes como punos, silbando y lanzando chispas mortecinas en medio de la amalgama de polvo y humo. Habian recuperado la fortaleza dos dias atras y resistido bajo la tormenta de obuses desencadenada por los versalleses hasta que el general Wroblewski ordeno la evacuacion. Habian escapado por las canteras de Montrouge, cubiertos de hollin, ensangrentados y llorando de rabia. Asi que sargento, puesto que eso era lo que tocaba ser. Salieron por una brecha de la muralla, junto a la puerta de Passy, despues de haber dejado el puesto de mando instalado en el ayuntamiento del distrito. Oyeron un rato las discusiones, las broncas, las increpaciones, hasta que optaron por alejarse de la batalla campal en que se habia convertido aquello: se daban empellones lanzando acusaciones de traicion, se peleaban sobre la suerte que debian correr los artilleros que habian abandonado las fortificaciones tras los bombardeos de dos dias antes. Nicolas hizo una sena a sus dos companeros.

Adrien, el mas joven, un muchacho que quiza no tuviera ni dieciseis anos, se echo como pudo un petate al hombro al tiempo que sujetaba el fusil, y el pelirrojo alto que estaba a su lado, al que todo el mundo llamaba <>, se colgo en bandolera dos grandes talegas de cuero. Se colaron entre los vocingleros y los indecisos, zigzagueando a empujones, esquivando los punetazos fallidos y los aspavientos, y salieron sin decir palabra a la noche fresca. La calle estaba desierta, oscura. En las plazas ardian antorchas cuya llama danzaba y moria. Caminaron en silencio hacia un brasero que arrojaba un resplandor rojo sobre las siluetas de los hombres agrupados alrededor. Hablaban en voz baja, frotandose las manos, con los rostros inclinados hacia la lumbre y dorados como cabezas de estatuas de bronce pulido. Uno de ellos tosio y escupio en las brasas. Se volvio hacia Nicolas y se fijo en sus armas y en la impedimenta que llevaban al hombro. Era un tipo alto, con un bigote blanco de puntas caidas y barba de varios dias. Ya no era joven, y la noche y el resplandor oscilante del fuego daban vida a los surcos de las arrugas de su cara. --Salud, ciudadano. ?Adonde vais con esos trastos? --No podemos decirtelo. Tenemos que ir y punto. --Pues asi no pasas. Esta barricada no la cruza nadie ni en un sentido ni en el otro.

Senalo con un gesto vago un parapeto de tierra y adoquines contra el que habian empujado tres carretas. --Por poco pasamos sin verla --dijo el Rojo. El hombre lo miro de hito en hito alisandose el mostacho. --Vaya, pareces muy listo. Seguro que vas a ensenarme como hacer las cosas. En el 48 habriamos necesitado espabilados como tu, nos habrian matado a menos camaradas. Nicolas le puso una mano en el brazo al Rojo, que se disponia a replicar. --Ya no estamos en el 48. Aquello era la revolucion y esto de ahora es una guerra. Una guerra civil, pero guerra al fin y al cabo. Hay como minimo veinte mil soldados en el Bois de Boulogne y hasta Montrouge. Ya visteis ayer los bombardeos. La artilleria de marina en Mont Valerien tiene a un cuarto de la ciudad bajo el fuego. Dentro de dos o tres dias, cuatro quiza, entraran en Paris si no se hace nada, y yo creo que no se hara nada. Asi que, ciudadano, tu barricada aguantara menos que una paca de paja delante de un tren a toda velocidad.

El viejo bajo la cabeza y suspiro; un acceso de tos le hizo doblarse por la cintura y escupio entre los pies mientras recuperaba con dificultad el aliento. Estuvo un momento sin decir nada, vuelto en direccion a la barricada. Alrededor del brasero, las conversaciones habian cesado. Todos se miraban sin verse realmente en aquella noche que atravesaban las llamas. --Estamos esperando una ametralladora. Una de calibre 8, aunque no es seguro. Vamos a hacer que su tren, como tu dices, se salga de los railes. Brizna de paja o grano de arena, vamos a frenarlo. Una voz empujada por un soplo de calor y un revuelo de llamas sono en la oscuridad. --?Sois del 105.o? --Si. Un tipo se acerco. Cojeaba y se apoyaba en un baston torcido. Les estrecho la mano a los tres inclinandose un poco. --El otro dia queriamos ir a la fortaleza para liberaros, pero La Cecilia dijo que lo unico que conseguiriamos es que nos hicieran picadillo, asi que nos quedamos quietos, redios.

Rabiando por dentro, hostia. Una compania se dirigio hacia alli a pesar de las ordenes, pero lo que les caia encima era demasiado y al cabo de dos horas renunciaron. Los vimos regresar con los muertos, no quisieron abandonarlos. ?Que podiamos hacer nosotros? Nadie supo que responder. El canoneo, a lo lejos, hablaba por ellos. El viejo del 48 cargo una pipa. Sus ojos brillaban intensamente a la luz de la cerilla. --Defenderemos esta barricada... Nos agarraremos a ella como a una boya en pleno temporal. Y les estallara en los morros. Meneaba la cabeza con la mirada gacha, como si quisiera convencerse de lo que acababa de decir. Nicolas no sabia que contestar a eso. De pequeno, en Saint-Pabu, donde se habia criado, le contaban a menudo historias de marinos perdidos en las simas saladas durante las tempestades. Arrastrados con sus boyas, desaparecidos para siempre. O arrojados a la costa, verduscos e hinchados de agua, como los que habia visto una vez despues de un golpe de mar terrible. --Nos hundiremos con ella --dijo el cojo--.

Ya has oido lo que ha dicho el camarada... Tienen hordas de asesinos en el Bois... No nos daran tregua... Todos esos soldados que salieron por piernas al aparecer los prusianos y ahora se sienten con valor para venir a fusilar al pueblo, esos son todos unos hijos de zorra y unos borrachos como sus papas. Este mundo todavia esta en manos de los barbaros... La republica socialista no sera para hoy. El viejo se irguio encogiendose de hombros. Se volvio hacia Nicolas y sus dos companeros. De espaldas al fuego, con la noche cayendo sobre su persona y el rostro surcado de sombras y ya sin mirada, como el de un muerto, Nicolas solo veia en el una insondable tristeza pese a la amplia sonrisa que asomaba bajo el gran bigote blanco. --!Bah!... Sera para la proxima..., cuando yo la haya palmado. Vamos a ensenarles a los que vengan detras como se lucha, para que aprendan, !luego intentaremos correr mas deprisa que las balas! Nicolas oyo a Adrien, detras de el, resoplar y dejar el petate en el suelo con un ruido sordo y hueco de metal. --?Que llevais ahi dentro? --pregunto el bigotudo. El cojo se acerco, apoyado en su palo, y asintio con la cabeza como si hubiera comprendido. --No podemos deciros nada. Tenemos que irnos, se hace tarde. Llevo un salvoconducto del general Dombrowski. Si quereis saber mas, hay que preguntarle a el. Luego rebusco en los bolsillos de su guerrera. Saco una hoja de papel y la desdoblo.

El viejo lo detuvo con un gesto. --Dejalo... Id y haced lo que sea necesario para regresar vivos y enteros. Cuando pasaron junto a las llamas, los hombres los saludaron en voz baja deseandoles animo, o suerte, mientras les daban palmadas en la espalda. Al lado de la barricada dormian, sentados o atravesados de cualquier manera, veinte o treinta tipos que grunian y roncaban y de golpe se volvian del otro lado mascullando. Subieron el parapeto de tierra haciendo rodar algunos adoquines al pisarlos. Caminaron entre los restos y los escombros diseminados por los bombardeos en medio de una calle que conducia a las murallas, y ningun farol, ni el temblor de una sola llama marcaba sus pasos. Olor sofocante de incendios mal apagados. Tuvieron que escalar los cascotes de una casa desplomada en plena calle. Muebles rotos y cortinas sembraban las ruinas. Mas alla, un caballo reventado, patas arriba entre los varales de una carreta, empezaba a heder. El claro de luna, de una blancura insolente, arrojaba sombras azuladas y les iba revelando las fachadas de las casas como si fuesen las paredes de un desfiladero. La tierra esta erizada de troncos de arbol hechos trizas, de tocones arrancados con las raices desnudas. Monstruosa tarea. Olores mezclados de madera, polvora y carne putrefacta. Efluvios de batalla.

De vez en cuando, varas de tiro clavadas en el suelo, ejes dislocados sobre el lomo de un caballo muerto. Hace un momento se han sobresaltado al ver en el talud un brazo levantado, extranamente sujeto entre los radios de una rueda partida, con los dedos de su gran mano contraidos. Una enorme arana encarada al cielo. Se han detenido sin decir nada y han contemplado ese vestigio humano antes de mirar a su alrededor como si fueran a encontrar al propietario tambaleandose en medio del desastre. Adrien ha preguntado si iban a dejarlo asi, plantado como una simple rama, pero los otros dos han reanudado la marcha sin contestarle, asi que los sigue, volviendose hacia aquella mano macabra hasta que desaparece en la oscuridad. Salen de la trinchera y paran con el fin de orientarse, en cuclillas, tan inmoviles que podrian confundirlos con el monton de rocas desmoronadas en la devastacion del combate. Los versalleses se han retirado tras su ataque a la puerta de Auteuil. Se distingue a lo lejos, al otro lado del lago, el resplandor de tres fogatas. Hay furgones en fila a lo largo del camino, en el cruce de la Allee de la Reine. No se mueve nada. Ni un ruido. Se diria que de pronto todo ha quedado en silencio y paralizado para ver mejor como se acercan. Esos silencios y esa inmovilidad de mandibulas abiertas son propios de las trampas. --Por alli --susurra el Rojo--. Hay que ir hasta el lago.

Es justo antes de la cascada. Reemprenden la marcha. La avenida es una ancha cinta blancuzca desenrollada bajo sus pies. El Rojo se ha puesto en cabeza. Conoce el bosque como la palma de su mano, de la epoca en que era un crio y su padre, a fin de dar mas consistencia a la sopa, por unos francos llevaba los domingos a los paseantes en un coche tirado por un jamelgo al que habia salvado del matadero. Era un viejo caballo animoso y docil que habia conservado cuatro anos, antes de que se desplomara una noche de junio en el puente de Grenelle, muerto, con los ollares ensangrentados. Se conoce al dedillo el sotobosque y los atajos, los caminos y los puentes. Pese a la confusion de la batalla, sigue orientandose con la extrana seguridad de un ciego. Cruzan la carretera y vuelven a bajar a una cuneta embarrada. El fango se les pega a los pies y los arrastra con glotoneria, como si quisiera atraerlos hacia el fondo para engullirlos. Cada paso supone un esfuerzo para avanzar por ese cieno, y jadean y sienten que los petates pesan cada vez mas por efecto del cansancio. Entre el follaje ven moverse arboles iluminados por las fogatas. De vez en cuando el viento les trae un rumor. Voces lejanas. Una risa de mujer.

Se detienen un instante para oir mejor, luego continuan avanzando. El Rojo alcanza el talud de dos zancadas y echa a correr hacia los arboles. Los otros dos le siguen. Se meten en agujeros de obus, suben a gatas por monticulos que huelen a azufre. Cuando llegan a la proteccion de los arboles se detienen para tomar un poco de aire. Mas lejos, en linea recta frente a ellos, hablan unos hombres a los que no ven a causa de la maleza que invade el terreno. Se acercan, doblados por la cintura, pero se quedan quietos y se agachan al ver desplazarse una llama hasta una pipa y la silueta de dos soldados, fusil al hombro, de pie ante el resplandor azulado de una fogata casi apagada. Detras de ellos, una bateria instalada junto a un embarcadero y su merendero. Desde ayer, ese canon de 12 libras mantiene bajo el fuego a todo el distrito. Dos o tres obuses por hora. Se levantan y se acercan mas, poco a poco, conteniendo la respiracion. Los dos soldados estan a treinta metros. Bajo el claro de luna, el canon despide un brillo apagado de animal frio. Nicolas y Adrien dejan sus petates en el suelo sin hacer ruido. Desenfundan sendos cuchillos y los introducen bajo el cinturon, a la altura de los rinones.

El Rojo se ha sentado para recuperar el aliento. Empuna un gran revolver. Adrien se aleja hasta desaparecer en una depresion: una zanja o un crater abierto por alguna explosion. Nicolas lo sigue, pero luego se para al borde del hoyo e intenta averiguar donde se ha tumbado el muchacho. Solo ve un vasto campo sembrado de monticulos gigantes, y mas alla, el espejeo del agua. --!Socorro! !Ayuda, por favor! La voz se eleva del suelo. --?Quien va? Un soldado amartilla el fusil y se acerca. Una silueta encorvada en la claridad livida. Su companero no se mueve. El tambien aprieta el arma contra si. --!Ay, Dios mio! !Que dolor! --?Quien eres? ?A que vienen esos gritos? --El soldado permanece sobre un terraplen, apuntando con el fusil. --!Tengo un mensaje para el general Clinchant! Nicolas no pierde de vista al otro soldado, que ha dado unos pasos hacia su companero. La voz de Adrien, sofocada al fondo del agujero, es la de un moribundo. --?Y que quieres decirle al general? !A estas horas esta durmiendo! --Los insurrectos... estan preparando algo... --?Que? --Acaba con el --dice el soldado que se ha quedado atras--. Despues veremos si lleva encima un mensaje o no.

Hay que desconfiar de esta gente. Ya esta metido en la tumba, asi que, que mas da. --?Y si el general no recibe el mensaje y lo que quiere decirle este medio muerto es importante? El hombre se mete en el hoyo. Se oyen gemidos. Un quejido sordo como el de un nino o un perro. El otro soldado se acerca tambien, apuntando con el arma. Pasa a diez metros escasos de Nicolas, se sube al rodete de tierra, permanece un instante inmovil, y cuando se inclina para ver mejor, Nicolas se abalanza sobre el, pero tropieza en un bache y cae boca abajo, y entonces oye al hombre proferir un grito y, al levantar la cabeza, lo ve encarar el fusil y caer hacia atras gritando de nuevo. Nicolas va corriendo hasta el borde de aquel agujero oscuro y distingue en el brazos y piernas entremezclados, y luego, debajo, algo negro moviendose donde advierte la brecha clara de los ojos de Adrien. El muchacho se quita de encima los cuerpos de los dos soldados con el gran cuchillo todavia en la mano. Esta cubierto de tierra y sangre. --No es peor que degollar cochinos. Estos chillan menos, esa es la ventaja. Recuperan el aliento contemplando los dos cadaveres boca arriba. Adrien limpia el cuchillo contra la pernera de los pantalones, escupe sobre los muertos y les envia de una patada un punado de tierra pesada. Nicolas intenta distinguir sus rostros, pero lo unico que puede ver a la luz tenue son bocas abiertas y frentes macilentas.

Cuando oyen al Rojo silbar a su espalda, se dirigen hacia el y lo encuentran de pie junto a los petates, inmovil y erguido entre aquellas tinieblas como un espectro. --Eso no es todo. Ahora hay que ocuparse del canon. Corren como pueden hacia la bateria, tropezando y resoplando, y se detienen al oir que una voz pregunta en la oscuridad: --?Que pasa? ?Sois vosotros, muchachos? Un hombre con una manta sobre la cabeza, recostado contra una caja llena de obuses, se endereza. Mira a su alrededor, y se dispone a levantarse cuando el Rojo le asesta un golpe con la culata en plena cara. El tipo cae de costado gimiendo y luego se queda en silencio. Ellos abren los petates y sacan el material. Un rollo de cordon, un barrilito de polvora, un obus de 8 pulgadas. El Rojo carga el canon: polvora, tapon de estopa. Despues levanta el obus, se lo acerca al cuerpo con precaucion, como si fuera de cristal, y lo introduce al reves en el tubo. Ha ajustado la espoleta para que explote a los diez kilos de presion. Luego levanta de nuevo el alza lentamente y los tres dejan de respirar hasta que todo esta en su sitio, y entonces Nicolas llena el canon de tierra, la aplasta y se aparta de un salto. A continuacion, sacan de un petate otro obus cuya espoleta ha sido retirada y sustituida por un simple tapon de corcho. Lo colocan bajo las dos cajas de municiones fijadas sobre un atalaje de artilleria, meten el cordon en la ojiva y desenrollan veinte metros. Durante unos segundos, no se mueven.

Miran su maquina infernal. --Vamos --dice el Rojo. Recogen los petates. Adrien, que ya se aleja, senala con el dedo al artillero que yace inconsciente. --?Y el? --pregunta. Nicolas se encoge de hombros. --Lleva dos dias bombardeando y matando, de lejos y como quien no quiere la cosa. Cuando le estalle en los morros vera el efecto que causa. El Rojo suelta una carcajada detras de el y Nicolas le lanza una caja de cerillas. --Te toca. El cordon ya chisporrotea. Una flor de fosforo corre por el suelo. El Rojo prende fuego en la cazoleta de la recamara y echan a correr, repentinamente ligeros, saltando por encima de los hoyos y los charcos, para refugiarse bajo los arboles como presas de caza. Llegan a una alameda, y en ese momento la primera explosion los levanta del suelo y los tres caen a cuatro patas. Se vuelven para ver elevarse hacia el cielo un arbol de fuego cegador; luego, la salva de obuses les martillea el vientre y oyen los fragmentos de acero silbar en el bosque y triturar y desmenuzar el follaje y las ramas.

Sobre ellos, un calor que huele a polvora, y trozos de madera y astillas que se encienden por encima de sus cabezas caen con un zumbido y se apagan a sus pies. Finalmente dan la espalda a los fuegos artificiales y echan a correr de nuevo. Ya se oyen toques de corneta dando la voz de alarma, gritos lejanos. Estan sin aliento. Adrien encuentra fuerza suficiente para soltar de vez en cuando una risa ahogada. --!Les hemos metido una buena a esos canallas! Entran en Paris por donde salieron un rato antes. Nadie en los bastiones. Ni un centinela. Podrian pasar dos mil hombres antes de que alguien se diera cuenta. Nicolas se detiene y se vuelve para escrutar la noche, escuchar el silencio, que le parece extrano, y adivinar tal vez el pisoteo sordo de los regimientos lanzandose al ataque, el rodar de los carros avanzando sobre el empedrado. Podrian estar ahi, pisandoles los talones, miles de ellos salidos de los bosques, como lobos, dispuestos a diseminarse por Paris, peste de hierro y fuego. --?Que miras? --pregunta el Rojo--. ?Esperas que siga estallando? ?No has tenido bastante? --Si, si, pero... --No digas nada. Esta noche no vendran. A duras penas se distinguen, no ven nada de lo que dicen sus ojos.

El cansancio de la esperanza, la inquietud que se les pega a las suelas y dificulta cada uno de sus pasos. Reanudan la marcha siguiendo la via del tren hasta la barricada que cruzaron antes, todavia custodiada por durmientes. Vuelven a pasar por delante del puesto de mando del ayuntamiento. Aun hay alli mas de doscientos tipos, guardias nacionales con el fusil al hombro o civiles en guardapolvo o levita; golfillos zarrapastrosos provistos de cartucheras, con un revolver metido bajo el cinturon, y algunas mujeres que hablan entre ellas en un rincon. Siguen gritando y discutiendo. Se acaloran, sueltan risotadas y eructos, se quedan roncos. De la puerta de la Muette a la de Point du Jour nadie responde, los artilleros huyen, los centinelas desertan. Canones desatendidos, taludes despanzurrados. Fuego y acero como si brotara de las entranas de la tierra. Ya nadie se atreve a aventurarse en ese infierno que se desborda. Dombrowski ha conseguido derribar las lineas versallesas y ha llegado hasta Choisy antes de tener que replegarse, superado en numero, sin refuerzos ni municion. El canoneo ha cesado hacia mediodia, los versalleses han retirado la mayoria de sus piezas, pero se ve a los fusileros pasearse tranquilamente por el Bois de Boulogne. Estan acampados bajo los arboles, un poco mas lejos. Se divisan sus fogatas en la noche. Cuando sopla el viento, se los oye reir o cantar.

--!Con los pechos al aire y abierta de piernas! --grita un cabo subido a una silla, bajo una bandera roja clavada en la pared--. !Asi esta Paris! !Los versalleses no tendran mas que revolcarse sobre ella como lo harian sobre una pobre zorra! --!Igual que mi parienta! --dice con voz chillona un hombrecillo, lanzando un escupitajo al suelo--. !Voy a darsela a Thiers! !Acabara con el a fuerza de cabalgadas! Carcajadas generalizadas. Un tipo grandullon, con el quepis de lado y la enorme cazoleta de la pipa rebotando sobre la barbilla, empuna su bayoneta como un carnicero de la Villette un cuchillo de deshuesar. --?Que diablos hacen en el ayuntamiento? ?Y en el comite central? !Necesitamos refuerzos! ?Y Delescluze? ?Esta recortandose la barba delante del espejo despues de un buen bano caliente? Cojo a diez hombres y vamos a buscar a esos senores para que vengan a ver cual es la situacion, ya que no nos creen. !A la ida fusilamos a los desertores, y a la vuelta traemos con nosotros diez batallones! --!Bien dicho, ciudadano! !Todos al ayuntamiento! !Viva la Comuna! .

libro bajo las llamas
opiniones libro bajo las llamas
bajo las llamas
bajo las llamas opiniones
bajo las llamas rock
bajo las llamas herve le corre
herve le corre despues de la guerra
herve le corre wikipedia
herve le corre libros
herve le corre bajo las llamas
herve le corre perros y lobos
herve le corre el pais
herve le corre
herve le corre traverser la nuit
herve le corre dans l'ombre du brasier
herve le corre dernier roman

Descargar BAJO LAS LLAMAS gratis pdf

Suponemos que deseas saber de qué manera puedes leer BAJO LAS LLAMAS en línea o descargar BAJO LAS LLAMAS pdf sin coste a fin de que puedas tener el libro sin comprarlo.

Si estás en esta web es por el hecho de que buscas la manera de bajar BAJO LAS LLAMAS en pdf, tristemente nosotros no ofrecemos la descarga de BAJO LAS LLAMAS sin coste, ya que esto es algo ilegal, tampoco podemos ofrecerte leer BAJO LAS LLAMAS en línea en pdf por el mismo motivo.

Rate this post